
Confieso que tengo especial atracción por los lugares como este, donde se integran tan armoniosamente la naturaleza y la acción humana y tuve suerte porque estando recién llegada a Etiopía, con la temporada de lluvia en todo su esplendor, me dijeron que me cuidara del turismo interno terrestre porque a cada rato los ríos tenían crecidas y la gente se quedaba atascada por horas y hasta días sin poder volver atrás, lo cual me pareció un tanto alarmista y exagerado, pero escuché.
Me dijeron que el “Puente Portugués” era uno de los pocos destinos que sí deben verse entre lluvias, porque es la única forma de apreciarle así de “nutrido” como en la foto.
Hice caso y no fue hasta meses después que, al volver en la otra temporada, me percaté de que no era en broma aquello del cambio: lo que había sido una exuberante caída de agua se había convertido en un inofensivo chorrito y mis ojos no daban crédito de lo que veían. Acá no relajan, pensé, sin saber que en efecto la mayoría de lo que en un inicio me pareció caricaturesco, si que fue, en su mayoría, fiel retrato de la realidad. Efectivamente me resultó MUY sorprendente el ver cómo cambia el paisaje etíope en respuesta a las temporadas de sequía y de lluvia.
Dentro de las rutas turísticas más famosas cerca de Addis Abeba se encuentra, precisamente, la del Puente Portugués. Su acceso queda en un lugar que se llama la Parada Etio-Alemana y encontré informaciones tan distintas sobre la historia de este lugar que no me atrevo a verlas más que como leyendas.
Hay quienes dicen que, efectivamente, este puente fue de construcción portuguesa y que data del siglo XVI; y hay quienes dicen que es de reciente edificación (siglo XIX) y que el nombre está relacionado con el estilo que evoca.
Aunque su historia me es confusa, su belleza no. Dime… ¿Qué te parece a tí? ¿qué te hubiera gustado hacer allá?