En mi reciente visita a la encantadora ciudad de Dinant, en Bélgica
, descubrí un tesoro gastronómico con una historia increíble: la Couque de Dinant una galleta única, con tradición centenaria y un lugar genial para conocerla a fondo. Esta “galleta” tiene un origen fascinante que se remonta al siglo XV, durante el asedio de la ciudad por Carlos el Temerario.
Cuenta la leyenda que los habitantes, casi sin alimentos, solo tenían miel y harina. ¡De la necesidad nació la genialidad! Mezclaron estos dos ingredientes para crear una masa firme, la hornearon en moldes de los artesanos metalúrgicos locales y así nació la Couque de Dinant, ¡con diseños preciosos!
Hoy en día, aunque se usa maquinaria moderna, el alma de la receta sigue intacta: solo harina de trigo y miel auténtica. No llevan agua, leche ni azúcar adicional. Esto las hace extremadamente duras.
Dato curioso y advertencia: ¡No se os ocurra morderlas directamente!
Son tan duras que están pensadas para partirlas en trozos pequeños y chuparlos lentamente, dejar que se derritan en la boca o mojarlas en café o té. ¡Se conservan indefinidamente!
Los moldes de madera de peral, tallados a mano con motivos de animales, flores y paisajes, son una obra de arte en sí mismos. Si queréis sumergiros de verdad en esta tradición, os recomiendo visitar la Pastelería Jacobs, una fábrica de couques de cuarta generación que elabora estas delicias de padre a hijo desde 1860. Se definen a sí mismos como “la fuente de los dulces”.
Lo mejor es que ofrecen recorridos por sus instalaciones (tanto las antiguas como las modernas), acompañados de un vídeo explicativo, donde podréis ver todo el proceso de elaboración. Aunque se venden bien en verano, su pico de popularidad en toda Bélgica es alrededor del día de San Nicolás en invierno. ¡Es el regalo perfecto y curioso! Si pasáis por Dinant, ¡no podéis dejar de probar un trocito de historia y dureza belga!





