Una aventura futbolera en el Vicente Calderón

El futbol. El futbol siempre protagoniza alguna anécdota en mis viajes. Me gusta como deporte, como arte, en algunos casos, y como una forma de expresión popular única y legítima.

Un querido amigo, intelectual y observador, me dijo una vez en el Ducó: “la hinchada en la cancha es el coro mas perfecto que se puede escuchar”. Ni una sola nota desafinada entre las miles de voces que entonan los himnos de batalla. Y lo dijo mirando extasiado cómo los hinchas del millonario celebraban ruidosamente un Huracán 0, River 6. Sólo un gran amigo te acompaña a ver el club de sus amores en la tribuna visitante. Y a pesar de la dura derrota, rescataba ese hecho tan bello, la armonía musical.

Pero no nos vayamos por las ramas. Lo que les quiero contar sucedió allá por noviembre del 2002, una lluviosa tarde de domingo en Madrid. Había llegado temprano por reuniones de trabajo la semana siguiente y lo primero que hice fue averiguar qué partido se jugaba ese día. Descartado el glamour del Bernabeu, quedaba como única opción un partido entre un equipo que deambulaba el medio de la tabla con otro que pugnaba por no descender. Un mediocre Atlético de Madrid recibía en su casa, el mítico Vicente Calderón, a un débil Betis, partido ideal para estar a tono con una noche de otoño: oscura, fría, ventosa, que invitaba a meterse bajo las cobijas y aislarse de la agresiva naturaleza.

Pero un par de ráfagas y unas gotas heladas no son obstáculo suficiente para cancelar un programa de fútbol, aunque sea un partido irrelevante. Tomé un bus rojo desde el Paseo de la Castellana y en unos minutos estaba en las inmediaciones del Vicente Calderón. Si el Bernabeu era el estadio del Glamour, el Calderón estaba en las antípodas. Zona oscura, construcciones viejas, locales abandonados. Pero el clima futbolero comenzaba a imponerse sobre la meteorología, y diversos puestos de venta de bufandas y otros símbolos de pertenencia a las tribus comenzaban a darle color y vida a la tarde-noche madrileña.

Conseguí un buen lugar en tribuna techada, segundo piso, a la altura del banderín del córner. El viento helado se colaba, pero al menos tenía alguna protección contra la lluvia, ayuda invalorable para no caer de baja rápidamente por un resfriado imprudente.

Lor rumores tribuneros tenían que ver con la noticia amarilla de la semana. El míster había sacado del equipo al Mono Burgos, una de las estrellas del plantel (y de la tribuna, seamos honestos), y había que ver cómo tomaba el personaje tamaña afrenta. Para colmo, lo había borrado, no estaba ni de suplente. La afición comentaba sobre la bomba que semejante decisión habría producido en el vestuario, dada la categoría del desplazado y su influencia en el resto del equipo.

El misterio duró poco. Cuando faltaba menos de una hora para que comience el partido los tres arqueros salieron a hacer el precalentamiento. La hinchada ovacionó la aparición del Mono, brindando un veredicto contundente y no solicitado sobre la polémica del momento. El Mono saludó tibiamente, y se puso a coordinar los ejercicios de sus colegas con gran entusiasmo. Al finalizar, ya casi en el horario del comienzo del partido, se acercó a su reemplazante, le dio un abrazo que emulaba el de dos amigos que se encontraban después de años de distanciamiento, y comenzó a aplaudirlo y pedir que la afición lo aplauda y aliente en su debut. Todavía se me pone la piel de gallina recordar ese gesto de grandeza de un personaje tan entrañable como el Mono, con quien tengo otra anécdota de viaje, pero que será relatada en otro momento.

Y comenzó el partido. En el Atlético reconocía por su melena enrulada a Coloccini, quien había migrado de San Lorenzo, y al Niño Torres, quien a sus 18 años ya se perfilaba como una de las grandes promesas del fútbol español. Del Betis no conocía a ninguno, tampoco al resto de los jugadores del local.

No tardaron en validarse todos los pronósticos. El partido era horrible. La noche era horrible. Sólo algunos cánticos de la afición y alguna jugada aislada me sacaban de la convicción sobre el error de programa que había cometido. Podría estar en una linda habitación de un buen hotel, disfrutando algún delicioso plato gourmet, con un rico Rioja, y sin embargo estaba recibiendo la agresión del viento frío, alguna que otra gotera de una lluvia que no se iba, y un espectáculo que hubiera ganado el premio al somnífero del año si se hubiera postulado.

Pero al fútbol siempre te da sorpresas. Y la joven promesa, cual pintor en el lienzo, dibujó una jugada de otro partido, y aproximadamente al cumplirse el primer cuarto de hora, marcó un gol precioso, de ésos para poner en un cuadro. Enorme inyección de energía y entusiasmo al espectáculo, que tardó sólo un par de minutos en desmoronarse.

El partido volvió a caer en un pozo del que nunca mas se levantaría. Entre un Betis aterrado de llevarse una goleada, y un Atlético temeroso que ante un descuido en la ofensiva le empaten de contragolpe, los equipos se anularon mutuamente. El partido terminó con el magro resultado, 1 a 0 a favor del Colchonero.

Los hinchas fueron, quizás, lo único entretenido durante los largos espacios de aburrimiento. Esta salida de domingo y el espantoso partido hubieran quedado seguramente borrados en la memoria, si no hubiera sido por dos hechos puntuales:

En la grada escuché el insulto mas gracioso que jamás pensé escuchar en una tribuna futbolera. Ante un fallo polémico un enfervorizado fanatico colchonero le gritó al referí, a viva voz: “Colegiado, colegiado, eres un marrano, eres un marrano”. Fue muy dificil contener la carcajada ante tamaña dosis de creatividad popular.

El otro hecho fue la charla que escuché, ya saliendo del estadio, de algún vitalicio del Atlético, muy crítico con el juego y la falta de ambición de su equipo: “Hay una sola persona en el mundo que puede salvarnos, que venga el Cholo Simeone, que nos va a sacar del fondo y saldremos otra vez campeones de todo”.

Faltaban casi 10 años para que el Cholo dirija el Atlético y cumpla con creces la visión de aquel hincha anónimo. Y yo escuché en directo la premonición en aquela noche oscura, lluviosa, fría, aburrida, de otoño en Madrid.

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