En las calles de Beijing se ve de todo, pero vi la verdad muy pocos niños, no sé si todavía estará vigente aquel decreto de Mao que establecía un solo hijo por pareja, para controlar el crecimiento poblacional de un país con 1,300 millones de habitantes.
Algo que todavía existe son los Rick Shaw o carritos taxis tirados por un ciclista, casi siempre un anciano, espero que esta forma de ganarse la vida desaparezca, pues me parece definidamente humillante. Recuerdo haber visto este transporte en Tailandia pero más aberrado todavía porque el carrito es tirado por un hombre a Pié en sustitución del caballo. Con lo del cambio de hora, mi cuerpo está descontrolado, entonces salgo a la calle a las 6 de la mañana de un domingo, y que les parece, veo personas a esa hora saliendo de tiendas y Shopping centers con sus bolsos de compras, y me pregunto si es que esta gente no duerme nunca.
La comida China
No hay que venir a China para disfrutar del sabor, la variedad y el colorido de su cocina, los chinos están diseminados por todo el mundo, con sus pequeños restaurantes de bajo costo, poca higiene, pero de buen sabor. La diferencia está en que la comida china se aclimata o ajusta al gusto de cada país, y aunque tenga los mismos ingredientes, no pasa lo mismo con los condimentos. Es aquí en la tierra que vio nacer a Confucio y a Mao Tse Tung donde se puede probar la comida China en su verdadera esencia. El olor, color y sabor de sus platos es diferente a lo que vemos en los demás países del mundo, la comida es en su mayoría picante o muy picante, coloreada de amarillo anaranjado o rojo, con un fuerte sabor agridulce y muy cargada de ajo, podría decirse que es saludable porque los chinos tienen uno de los promedios de vida más altos del mundo con más de 75 años en los hombres y 82 en las mujeres.
La parte que se hace insoportable para lo occidentales es lo del picante y comer con palitos. Yo resolví el problema cargando en mi mochila inseparable un tenedor, y conseguí que un empleado del hotel me anotara en un papel escrito en mandarín, la expresión, “por favor no comida picante”.
Tren a Shanghái
Voy un día antes a la Estación Central a comprar los boletos de ida a la ciudad de Shanghái, no hay indicaciones en inglés, todo en chino, ninguna caseta de información y gente en filas desorganizadas para comprar los boletos. Finalmente logro escabullirme del gentío y voy a una casilla solitaria y compro los boletos a Shanghái al precio de 499Y solo ida, lo logré gracias a que un empleado del hotel me escribió una nota en chino para que la empleada de boletería me despachara los boletos correctos.
En la entrada de la puerta de abordaje conocí a una pareja de españoles, Ignacio y Eva, los cuales iban también para Shanghái de mochileros, ellos salían en el tren de las 714 pm y yo en el de las 700 pm. Después de intercambiar nuestras presentaciones quedamos en encontrarnos al otro día en la estación para buscar hotel junto. Esta pareja nos luce a primera vista de sangre liviana, jovial y conversadora.
El trayecto Beijing-Shanghái fue en un coche cama de cuatro camarotes que por suerte los de arriba estaban vacío por lo que mi compañero y yo lo tuvimos para nosotros. Teníamos el temor de compartirlo con alguien que roncara y tuviera mal olor en los pies y ese tipo de cosas.
Esta fue mi primera experiencia de un viaje en tren-cama. Dormí a medias con el tintineo de tren, los yanacones y mis constantes idas al baño a través del pasillo. Pasamos la noche sin cenar, solo atento a unos cuantos dulces y una botella de agua que llevamos en la mochila. Mi colega trató de hacerse entender de las azafatas para que le trajeran una sopa de fideos, pero le fue inútil por más señas que les hizo, lo dijo en inglés, en español y en francés, entonces buscaron un sobrecargo que hablaba inglés pero en realidad este sabía menos. En este caso contrario a los demás en este país, el personal sí que mostró interés en ayudarnos.
Ya en Shanghái, la pareja de españoles, un mejicano y un dominicano, al parecer, los únicos hispanos parlantes de toda China, nos dirigimos a sugerencia de Ignacio a la calle peatonal Nanjing hasta que llegara el mediodía, hora en que podían recibirnos en su hotel, los demás no teníamos hotel.
Finalmente todos nos hospedamos en el hotel Est Asia Hotel de la calle Nanjing, de dos estrellas a 380Y por noche (US$ 45) con habitación amplia, tv, baño, balcón a la calle y sorpresa: un computador con internet gratis, más desayuno incluido, todos estuvimos de acuerdo en que este hotel supera a muchos de Europa de 4 estrellas que nos costarían unos 150 euros.
La ciudad de Shanghái
Creo que todo el mundo ha visto las fotos de la bahía de esta ciudad con sus enormes rascacielos y sus edificios de arquitectura modernista. Pero viéndolo personalmente la primera impresión es chocante, impactante y desconcertante. Lo digo porque cuando uno piensa en China, se imagina la arquitectura típica de casas de bambú u techo oriental a dos aguas casi siempre pintado de rojo, otra cosa que nos imaginamos es que al doblar la esquina nos vamos a encontrar a un Jackie Chang o a un Wang Yu tirando patadas para materializar una venganza y recuperar la honra de su familia manchada por un grupo de villanos desalmados. La China de hoy expresada en Shanghái es una ciudad extraordinariamente bella, limpia y majestuosa, al verla se nos olvida que este es un país socialista, donde el Estado es el propietario de todo y único dueño de los negocios. El malecón con sus edificios al estilo Europeo de arte gótico, la zona de Putong al lado este del río con edificios esféricos, y figuras geométricas concebidas por arquitectos que parecen no hacer otra cosa que diseñar, y la torre Pearl de televisión en forma de trípode con tres esferas en diferentes niveles, un restaurant rotativo en una de ellas, y el juego de luces de neón que la adornan en sus noches, la hacen una obra maestra de la ingeniería moderna. Me atrevo sin pecar de sacrilegio a comparar esta obra con la Sagrada Familia de Barcelona (cada una en su género), con la torre EIFFEL de Paris, con el Palacio de Versalles, con las torres Petronas de Malasia o el Taj Mahal de la India. Dejo fuera de esta comparación a las pirámides de Egipto, al templo de Luxor y a las estatuas de la Isla de Pascua en Chile, entre otros monumentos que el hombre de la antigüedad supo construir tan magníficamente con apenas algunas primitivas herramientas de trabajo.
La calle peatonal de Nanjing
Se dice que esta es la calle peatonal más larga del mundo, llena de tiendas y centros comerciales, con acceso al metro subterráneo, es un hervidero de gente durante todo el día, incrementándose a partir de las 7 de la noche cuando se encienden las luces de neón de los grandes almacenes. Es unos espectáculos de luces y colorido similar al Times Square de New York, pero de mucho mayor tamaño y distancia. Lo molesto de esta calle son los vendedores de imitaciones, Rolex, Gucci, Omega, etc… No dejan de fastidiar a los turistas fácilmente identificables por la diferencia de raza. A esto se suman los mendigos, los carteristas y los estafadores. Estos últimos se componen de muchachas que se acercan a los occidentales con el pretexto de practicar el inglés, luego terminan invitándolo a tomar el té en un restaurant con el que tienen confabulación para despachar tragos y comidas a precios exagerados de 10 a 1, es decir, incrementados unas diez veces con relación al precio de los demás cafés de su mismo nivel. Una vez gastado todo el capital del incauto, a las muchachas les toca una jugosa comisión por parte del restaurant.
No quiero en lo absoluto ser racista, pero veo muy arraigado en la cultura China el tema de la estafa, el engaño y el fraude como medio de vida. Por ejemplo, en todos los restaurantes a la carta incrementan el valor real de la cuenta, sea incrementando la factura con un “error” aritmético, o poniendo consumos que no se han hecho, o cambiando en la factura el plato original por otro más caro. Luego con una sonrisa en la cara, te piden mil disculpas como si nada hubiese pasado. Creo que en resumen diría que China es un país inseguro, que no merece la pena su visita hasta que la policía no limpie las calles de tanta lacra que con sus mala acciones ponen en descrédito a la gente buena de este país, que reconozco es la inmensa mayoría.
En otro orden de ideas quiero referirme al clima imperante en el mes de septiembre, el cual alcanza temperaturas de 35 en el día bajando a 28 en la noche, es recomendable salir a la calle con lentes de sol, gorra, una sobrilla y ponerse protector solar, tomar mucha agua fría, y las horas del mediodía hasta las 430 pm utilizarlas para visitar los museos de la ciudad, el acuario, los centros comerciales, los mercadillos de los pasadizos del metro y cualquier otra actividad que se desarrolle bajo techo para protegerse de las inclemencias del sol.
Hablando de museos, lunes en la mañana me dirigí a visitar el museo de insectos y vida salvaje, el cual se encuentra al lado oeste de la torre Perla de Oriente (la que fue objeto de mis desbordados elogios en páginas anteriores).
Este museo tiene una amplia colección de animales vivos y disecados de serpientes, tortugas, arañas, escarabajos, mariposas, saltamontes, algunas variedades de peces en colores, conejos, ardillas, lechuzas, canguros, etc., y lo mejor es que el museo está orientado para niños e incluye un área de juegos y entretenimiento infantil.
Al otro lado de la torre Perla se encuentra el acuario de la ciudad, sin que tenga nada que envidiarles a los mejores acuarios del mundo. Hasta ahora he visitado los acuarios de grandes e importantes ciudades como Sao Paulo, Lisboa, Madrid, New York y Barcelona y puedo afirmar que el acuario de Shanghái es uno de los mejores. El mejor de todos los museos de la ciudad es sin lugar a dudas el Museo de Historia de Shanghái, situado en la primera esfera de la torre Perla de Oriente, con muestras fotográficas, maquetas, muñecos de cera, cine antiguo, grabados, colección de autos antiguos, etc., que muestran el desarrollo, crecimiento, colonización inglesa y autonomía de la ciudad a lo largo de su historia. La entrada cuesta 35Y y lo mejor de todo es que no está abarrotado de gente como todo en esta ciudad. Será porque la mayoría de las personas pagan 100Y por subir hasta la última esfera de la torre para disfrutar de la vista panorámica de la ciudad.
Deseo comentarles el desayuno del hotel Est Asia el cual por unos 20Y para dos personas incluye un desayuno buffet con pan, mantequilla, té, café, leche, huevos duros, tallarines fritos, arroz con huevo, won ton, rollitos chinos, jamón, chorizo y unas tres variedades de biscochos. Lo cierto es que es un excelente desayuno considerando que tiene un precio de solo US$ 1.20 por persona.
No haré ningún buen comentario sobre el servicio, pues recuerdo que una noche a eso de las 11:30 pm me llamaron de la recepción para que bajara a incrementar el depósito que había dejado por la habitación en 200Y porque había consumido 179Y en llamadas de teléfonos que no tenían deposito. En los hoteles de este país el huésped debe dejar en depósito una suma igual al monto de las noches que ocupará el hotel más unos 300Y extras para cubrir llamadas telefónicas y otros consumos. La cosa es que la empleada de recepción insistía a que me levantara de mi cama, me vistiera y cosa de vida o muerte bajara a dejar un depósito de 200Y. Yo de mi parte insistía en que esa hora no era prudente para hacerme bajar, que esperase hasta mañana, ella que no, yo que sí, ella que no, yo que mañana, y así estuvimos un rato en este tira y jala hasta que le dije un par de palabrotas e improperios de los que son absolutamente necesarios en algunas circunstancias para resolver este tipo de problemas, y le cerré el teléfono.
Creo que en cualquier país del mundo que no fuese China ni los países árabes, esto se hubiese resuelto con una simple nota deslizada por debajo de la puerta, pero aquí la mezquindad, los malos modales y el apego a lo material es donde mayor hace presencia. Esta es una cualidad que sobresale en los países socialistas, y los países más religiosos, pues este tipo de mezquindades de rabiosa manifestación la encontré también en Cuba.
En este hotel y también en los demás, según averiguaciones que realicé, los huéspedes reciben llamadas a altas horas de la noche para ofrecerles los servicios de masajes y prostitución, si el huésped no acepta el servicio se pasan la noche entera llamando y no le dejan dormir. A mi percepción las llamadas no son realizadas desde la calle sino de la misma recepción del hotel, pues inmediatamente cerré el teléfono, escuchamos el timbrazo en la habitación contigua. Sería un éxito si algún lector de esta bitácora les hiciera saber esta situación a las autoridades chinas.
Miércoles en la mañana nos dirigimos a la estación central del ferrocarril de Shanghái para comprar los boletos de tren hacia Hong Kong. Como todo en este país vemos caos en las ventanillas, gente viva que rompe el orden de las filas con el mayor descaro, indicaciones en chino solamente, gente sentada en posición fecal, personas durmiendo en el piso con sus bultos de viaje abrazados, mendigos, policías gritando y regañando a la gente. Viendo este panorama con nuestra mejor sonrisa nos dirigimos a la ventanilla con un aviso que dice “spoken inglish service”, para que luego de una hora de espera nos dijeran que no hablan inglés y que fuésemos a la ventanilla 12.
Otra hora de larga fila para que en inglés nos dijeran que en esa ventanilla no se venden pasajes a Hong Kong y que fuéramos a la ventanilla 33 saliendo del edificio, cruzando la calle. Otra hora de espera y por fin compramos los boletos de tren, US$ 60 cada uno en “harp sleeper”, esto es un camarote con seis camas duras, una almohada y una colcha más o menos limpias.
Tren Shanghái-Hong Kong
Los países socialistas en el tema de la burocracia son los campeones mundiales, no sé si habrán visto la famosa película cubana “La muerte de un burócrata” de los años 60. La cosa es que para ir de Shanghái a Hong Kong, todo dentro de China, de una ciudad socialista a otra capitalista, hay que pasar por aduanas y migración. La inspectora de migración me acordó que si quería regresar a China tenía que solicitar de nuevo la visa del país en Hong Kong. Con este problema en la mente nos subimos al tren en cuestión, coche 6, camarotes 19 y 21, que por suerte los camarotes restantes estaban vacíos, aunque sin privacidad, pues el hard sleepers es abierto al pasillo, a diferencia del “soft sleeper” que es cerrado y de 4 literas.
A través de la ventana del lento tren se ve lo de costumbre, pueblos chicos, ciudades grandes, parcelas agrícolas sembradas de arroz, maíz, soya, lagos artificiales y estanques para el cultivo de peces y camarones. Se observa en la geografía muy poca elevación montañosa, muy pocos bosques sin urbanizar, ni vida silvestre, sí se observan muchos edificios de apartamentos modernos o en construcción levantándose por toda China, en especial en las afueras de las grandes ciudades.
Observo trabajadores agrícolas con los tradicionales sombreros de paja en forma de cono, y una vara sobre la espalda que sostiene dos canastos, la clásica foto que ya traje grabada en mi mente sobre la vida rural de los países orientales.
En el tren venden un plato del día consistente en arroz, pescado empanizado y vegetales chinos cuyo nombre desconozco. Luego de indagar si la susodicha comida es picante o no, me siento a satisfacer mi necesidad. A unos 6 o 7 metros me queda el lavabo, el cual es abierto por ser bisex, y hay un señor chino limpiándose la garganta y echando escupitajos a todo vapor.
La verdad es que esta es la jodida cosa que más odio de los chinos, esa costumbre de escupir en todos lados y delante de quien sea, incluso si uno está comiendo.
En el tren conocí una pareja de esposos neozelandeses de unos 50 años, viajan por China como profesores de inglés, aprendí unas cuantas cosas sobre Nueva Zelanda y compartimos entre ambos algunas impresiones sobre este país y su gente. Ambos estuvieron de acuerdo conmigo en la mayoría de mis pareceres sobre la mala educación y pésimos modales del pueblo chino.
También tuvimos la oportunidad de conocer a cuatro muchachas de entre 20 y 30 años que viajaban solas, es decir, sin compañía masculina. Las cuatro eran de nacionalidad filipinas, estaban trabajando en Hong Kong como “masajistas” y habían estado en Shanghái de paseo de fin de semana. Pongo entre comillas la palabra “masajista” porque esta profesión en lo últimos tiempos se asocia mucho con la prostitución, porque de un tiempo para acá, las mujeres de la mala vida les ha cogido con llamarse masajistas. Con relación a esas cuatro jóvenes filipinas, puedo decirles que por su forma de ser, su trato amable, servicial y desinteresado, no me dieron la impresión de ser prostitutas. Una de ellas se llamaba Sandra, me escuchó decir que no tenía hotel reservado en Hong Kong y de inmediato me dio la dirección y el teléfono de unos cuantos hoteles baratos y bien ubicados, otra de ellas me escuchó decir que cambiaría mi dinero en yuanes chinos por dólares de hk, y se ofreció a cambiarme unos 200 dólares hk por yuanes, me los cambió a la par siendo la tasa de cambio de hk$100-Y104. Otra de ellas se llamaba Olga y le ofreció su cena a mi compañero de vagón, porque este le había comentado que no le gustaba la comida que venden en el tren, y ellas tenían buena provisión de yogurt, galletas y sándwich al estilo occidental. La cuarta y la mayor llamada Koru, al yo no necesitar nada más me contó su vida completa: que tenía 32 años, estaba casada, dos hijos adolescentes, su esposo también filipino vivía en Estados Unidos y trabajaba como soldado en la marina de guerra estadounidense, que sospechaba que su esposo tenía una amante en los EUA, ella lo aceptaba porque entendía que él como hombre tenía sus necesidades. Su hijo mayor tenía unos 18 años vivía en América con su padre, que tenía muchas novias y ella lo aconsejaba sobre el uso del condón, su hija de 12 años vivía en Filipinas con su abuela paterna, que todos así dispersos por el mundo se juntarían pronto en el mes de octubre en su país. Me contó que volvería a su país cuando tuviera el dinero de comprar una casa, me dijo que se sentía muy sola pero que le era fiel a su marido, que su madre vivía en Hong Kong también, que su padre la abandonó a su madre y a ella siendo muy niña, nunca conoció a su padre y no le interesa conocerlo, su madre, una señora mayor de edad tiene un “amigo” mucho más joven que ella, pero que ella como mujer lo entiende y le da su apoyo. Me contó de sus miedos, sus esperanzas y sus sueños. Hablando con esta pobre mujer, me pareció estar hablando con cualquier muchacha de mi país, República Dominicana, o con cualquier chica de América Latina. Cuanto nos parecemos aun siendo de lugares tan lejanos y culturas tan diferentes.