Le dicen así porque en este lugar se detenían antiguamente los indígenas koguis para orar a sus dioses cuando bajaban a comprar víveres a Palomino, o de regreso, antes de internarse en la Sierra Nevada de Santa Marta.
La corriente nos arrastra lentamente. De los árboles se descuelgan musgos, piña costeña y otras especies. Los rayos del sol caen plenos y se filtran hasta el fondo del río.
A veces, los turistas que hacen el recorrido en neumático logran ver alguna babilla huidiza en los playones. Las que sí se ven esta mañana soleada son las garzas blancas. Descansan con sus patas largas sobre los troncos secos que la corriente ha abandonado en la orilla.
Arboles a lado y lado es lo único que se observa durante kilómetros. Higuerones, yarumos y caracolíes, de los que se usan para fabricar canoas. Algunos de treinta o cuarenta metros de alto. Salvo por el murmullo del río, el silencio es total. Un martín pescador vuela a ras de la corriente.
Al cabo de unos noventa minutos, el río Palomino se ensancha. A lo lejos se divisa el puente que une a Riohacha con Santa Marta. La corriente arrastra los neumáticos bajo el armazón de concreto y acero y los impulsa hacia la desembocadura en el mar Caribe. El último trecho es aún más tranquilo. Allí el paseo puede terminar con un rato de playa o con un sancocho de pescado que algunas mujeres preparan en los kioscos de la orilla del mar.
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