Empezaremos por decir, que este hotel a un precio de 65 dólares por noche de habitación con vista al mar, no tiene parqueo, por lo que el huésped va a tener que buscarse la vida por las callejuelas de los alrededores, aunque hay que decir, que los empleados del hotel orientan al visitante sobre los lugares apropiados para estacionar, con permiso de la administración del hotel.
Tan solo pasar el umbral de sus puertas, empieza uno a respirar el ambiente de ruinas, negocio en quiebra y abandono de sus instalaciones. En la recepción cobran cien dólares adicionales como deposito a devolver el día del chequeo de salida.
A los empleados del hotel, vestidos con ropa harapienta, barbas descuidadas y pelo mal arreglado, se les nota los salarios de miseria que perciben y con todo y eso, se les agradece el esfuerzo que hacen para complacer a los clientes a pesar de la precaria situación del hotel.
Las habitaciones son viejas, con la mueblería de estilo antiguo y sin haber recibido mantenimiento por décadas, los electrodomésticos, como aire acondicionado, televisor, microondas y minibar, si es cierto que funcionan lo hacen a duras penas, por ejemplo, el aire acondicionado enciende solo de manera manual, subiéndose uno sobre una silla para alcanzar la consola, so riesgo de recibir una descarga eléctrica.
El cuarto de baño es primitivo, baja con dificultad y las losetas de las paredes y piso, datan de más de cuarenta años de antigüedad.
Las mayorías de las habitaciones cuentan con balcón, con espectaculares vistas a la bahía de Sosúa, que dejaràn con la boca abierta al más frío e inmutable de sus visitantes. Esta sola vista, con ese mar de azul intenso y sus lanchas ancladas a unos cien metros de la playa, hace que valga la pena venir a sufrir los embates de un ambiente tan depresivo, como lo son la planta física de lo que hace muchos años fuera un hotel de verdad.
Aclaramos que no todo està perdido, pues estimamos que con una inversión de menos de diez millones de dólares, una buena cadena hotelera haría con seguridad un precioso hotel boutique de al menos cinco estrellas.
Pasemos ahora a hablar del entorno del hotel, compuesto por las diez o doce calles que componen el pueblo denominado el Batey Sosúa.
Es un pintoresco pueblo de pocas calles de transito en una sola via, repleto de cafeterías con terrazas, donde se sirven platos italianos a base de harina blanca, con precios que van desde los 5 a los 20 dólares, estos últimos con manjares del mar como los camarones y langostas, siendo el precio promedio para los demás platos de apenas 10 dólares.
Algunos de los bares y restaurantes, tienen música en vivo y una vez pasada la hora de la cena, suben el volumen de sus aparatos de música, para convertirse en un bar. Lo más notorio de todo esto, lo representan las hordas masivas de prostitutas haitianas, venezolanas y dominicanas, que patrullan las calles del pueblo en búsqueda de clientes.
La edad promedio de las putillas es de los 14 años de edad, los cuales se notan a pesar de sus gruesas capas de maquillaje que cubren sus rostros. Ellas delgadas pero con vientre abultados, producto del abuso del alcohol acompañado de comidas con harina, con gluteos y pelo postizo color rubio, a pesar de su piel morena y las varices que brotan de sus delgadas piernas. Los honorarios de estas muchachas, no suelen pasar de los 10 a 100 dólares, por una hora de sexo desabrido, que dejará de recuerdo una terrible enfermedad, que seguramente transmitirán sus clientes a sus esposas.
Sabemos que la vida por sí misma es una tragicomedia, pero esto no es motivo para que esto ocurra ante la mirada cómplice de las autoridades, que miran hacia otro lado, al recibir las monedas de parte de chulos y putas como pago de sobornos.
Acceder al poblado de Sosúa desde la capital, es un viaje de 7 horas, por carreteras deterioradas o en proceso de reparación, que en otras circunstancias lo sería solamente un trayecto de tres horas como máximo.
Todo esto ocurre en una selva de cemento llamada República Dominicana, caracterizada por tener uno de los gobiernos más corruptos del planeta.
JOSÉ OLIVIER
16 de marzo de 2019